Transhumanismo, la ideologia que viene: Manipular la naturaleza humana

En los próximos años, la pretensión de acabar con la enfermedad y el sufrimiento, podría poner en peligro qué entendemos por persona

Transhumanismo, la ideologia que viene: Manipular la naturaleza humana

Universidad de California (UCLA), 1998. James Watson, Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento del ADN, se dirige a un grupo de científicos enfervorecidos durante un congreso sobre manipulación genética: “Creo que es un completo disparate afirmar que los seres humanos somos sagrados y no debemos ser modificados. La evolución puede ser cruel, ¿cómo se puede afirmar que nuestro genoma es perfecto? ¿Qué hay de santo en nuestra naturaleza? Me gustaría saber de dónde viene una idea semejante, porque es una completa estupidez… Si podemos hacer mejores seres humanos porque sabemos trabajar sobre los genes, ¿por qué no podemos hacerlo? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Quién nos lo impide?”

Una cosa es cierta: tenemos capacidad tecnológica para manipular la naturaleza humana. Podemos hacernos más altos, más guapos, más sanos, más fuertes. Podemos purificar nuestros genes para impedir que transmitan enfermedades, implantar nanocircuitos en el cerebro que le hagan procesar la información más deprisa o archivar cada mínimo detalle en la memoria, es posible modificar las células germinales para que nuestros hijos sean rubios y de ojos claros o, si nos apetece, chicas que gocen de unas medidas “perfectas”. La pregunta, la que nos dirigen los científicos, es: ¿por qué no?

James Watson cree en la teoría de la evolución, es decir, en que el ser humano que hoy conocemos es el resultado de miles de siglos de transformación azarosa. Le parece absurdo que dejemos que la casualidad haga lo que está a nuestro alcance, en lugar de coger la sartén por el mango y decidir en qué queremos convertirnos. Lo cierto es que, como indicamos en un artículo anterior (“Ni el hombre es un mono, ni el mundo se hizo en seis días”) la teoría de la evolución no ha logrado ser más que eso, una teoría, es decir, no existen datos suficientes para confirmarla. Los hechos con los que contamos ni la verifican ni la descartan, así que se puede creer o no en ella, como se puede creer en otras cosas que no han sido comprobadas.

Ahora bien, la pretensión de construir el futuro de la humanidad sobre una teoría indemostrada no es hacer ciencia, sino ideología. Es más, aunque se acepte que nuestra especie surge del azar de ahí no se derivaría que sea “bueno”, “adecuado” o “mejor” manipular nuestros genes para lograr… ¿el qué: la idea de ser humano que en cada tiempo determinen la moda, el poder o el mercado? ¿Quién decidirá en qué consiste “mejorar nuestra especie”?

Pero, ¿y si, como la razón puede suponer y los cristianos sabemos por fe, Dios nos creó a su imagen y semejanza? Manipular la naturaleza humana supone un atentado a la dignidad del hombre y, también, a la creación, que estamos llamados a custodiar y no a destruir. En palabras de Benedicto XVI: “cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad. En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre.” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2010)

El transhumanismo es un intento, uno más, de generar una respuesta al sufrimiento, a la debilidad y, sobre todo, a la muerte. Sin embargo, con él se arriesga la propia concepción de la persona y se convierte a las nuevas generaciones en “material procesado” en los laboratorios, según el gusto y capricho de otros, que los utilizan como un medio para sus intereses o convicciones ideológicas y no como fines en sí mismos.

Si apreciamos el valor de la naturaleza, del ecosistema, de la variedad de especies animales, ¿qué nos impide mirar a la persona humana y reconocer su valor intrínseco? Tal vez que hayamos perdido algún tipo de criterio esencial para comprender y amar lo que tenemos delante. Urge recuperarlo.

Fuente: Aleteia

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