Salvador Romero

Salvador Romero

Salvador Romero: estuvo en el mundo de la droga y se alejó de Dios, hoy es sacerdote

El Señor me regaló una experiencia interior muy intensa: sentí en el interior de mi corazón cómo Dios nos ama

Salvador Romero hoy es un sacerdote de Valencia entusiasta del Señor, pero no siempre fue así. En su juventud se introdujo en el mundo de la droga y se alejó de Dios. Un día viajó a Galicia para comprar droga y decidió pasar un momento por la tumba del Apóstol Santiago, simplemente a la entrada… y empezó a cambiar su vida. Cuenta su testimonio en el programa “Cambio de Agujas” de EUK Mamie TV.

Una infancia en un barrio duro de Valencia

Explica que aunque su familia era originaria de Galicia él se crió cerca de la zona del puerto de Valencia. “Han sido zonas de baja cultura, zonas deprimidas, zonas donde se ha movido y se mueve droga, prostitución etc… Yo fui allí a un colegio público de una zona bastante dura, con hijos de personas que estaban en la prostitución o que estaban en las drogas, en un ambiente no muy agradable”.

Su madre era una persona muy religiosa que llevó a sus hijos a las actividades parroquiales y la catequesis, pero después de la Confirmación los chicos siempre abandonaban la iglesia. Salvador era además mal estudiante y dejó el colegio y se puso a trabajar en cuanto pudo, con 15 o 16 años.

Recuerda que el grupo para jóvenes de la parroquia intentó trabajar con Salvador y sus amigos que empezaban a involucrarse en pequeños crímenes. “Nos intentaron ayudar, convertirnos, pero la verdad es que nos aguantaron un año y luego ya nos dijeron, “mejor os vais”, porque éramos un grupo bastante complicado”, explica.

Empezó a trabajar en hostelería y dejó todo contacto con la iglesia. Ser joven, con algo de dinero por trabajar y con los horarios extraños y nocturnos de la hostelería (camarero, cocinero, etc…) no es la mejor forma de mantener una vida virtuosa y disciplinada.

Heridas emocionales y rebelión

Pero buena parte de los problemas de Salvador tenían otro origen. Él siempre había tenido cara “de niño muy pequeño” y eso había animado a muchos a burlarse de él y a pegarle. “Abusaban bastante de mí, me han pegado bastante”, explica.

Llegó el momento en que harto de ser humillado se dijo: “me cansé de ser buena persona, a partir de ahora voy a ser malo”.

Empezó a salir mucho, a beber mucho y a consumir drogas. “Probé todas las drogas que había en ese momento, menos la heroína”, confiesa. “Tuve un tío toxicómano que murió en prisión por la heroína, y creo que eso fue como una barrera, el haber vivido con un drogadicto, que llega a casa, te amenaza, ver lo mal que se pasa en la familia, etc..”

Pero cuando se consumen drogas hay que pagarlas, y el trabajo no basta. “Entras en una espiral, necesitas más dinero, ya no tienes amigos. Eres el rey de la noche, pero vuelves a casa y ves que estás solo, vacío… y al levantarte lo primero que haces es consumir droga”, recuerda.

En el umbral del templo… “Dios, si existes, ayúdame”

En esta época Salvador no pensaba para nada en Dios. Pero fue con un acompañante a Galicia a comprar droga. En un momento que quedó solo, acudió a la catedral de Santiago de Compostela. “Y, como supe, elevé una oración. En el pórtico de la catedral de Santiago de Compostela está la columna donde los estudiantes ponen la mano, y yo me acerqué y dije algo así como: Dios, si existes, ayúdame. Y pedí ayuda a Santiago Apóstol”.

Salvador ve que fue entonces cuando las cosas empezaron a cambiar muy lentamente y repasando su vida se asombra de los accidentes que ha tenido de coche, de moto, graves “para estar muerto”, pero de los que salió vivo. “Dios me ha ido rescatando una y otra vez”, constata hoy.

Una atracción… y una experiencia transformadora

De vuelta de Santiago, con 25 años, sintió “una atracción muy fuerte” que le impulsaba a entrar en una iglesia. Él no entendía de dónde nacía este impulso extraño. “Salva, tú tienes 25 años y ¿vas a entrar en una iglesia? ¿Qué vas a hacer en una iglesia?”, se preguntaba a sí mismo.

“Entonces entré y en esa iglesia el Señor me regaló una experiencia interior muy intensa. Sentí en el interior de mi corazón cómo Dios nos ama. A pesar de todo lo que había hecho, de lo que había hecho sufrir a los demás, Dios me amaba profundamente. Aquella experiencia transformó mi vida“, recuerda.

Empezó a ir a misa de nuevo, “aunque yo me decía: ´Salva, ¿tú en misa, con la edad que tienes?” Pero sentía “una atracción fuerte”.

Dando pasos de conversión

Hoy Salvador suele decir que “si das un paso hacia Dios, Él da más pasos hacia ti”. Por ejemplo, puso personas adecuadas en su camino. Al principio de su conversión, volvió de mal humor de un viaje a Fátima. “Allí lo pasé fatal, me aburrí muchísimo porque las personas con las que fui estaban todo el día rezando y yo estaba muy agobiado. Volví de muy mal humor porque de alguna manera Dios me estaba pidiendo que cambiara y cuando Dios es un poco desconocido eso da un poco de vértigo“.

Fue después cuando encontró sacerdotes que le dirigieron espiritualmente y, eventualmente, incluso hasta la vocación sacerdotal.

Salvador explica que para salir del vacío y la soledad, de la droga o el crimen, “hacen falta dos cosas: una, te tienes que sentir amado, si no, no tienes fuerzas para cambiar. Dos, tienes que saber hay otra opción, a dónde puedes ir. Esas dos cosas las produce el encuentro con el Señor”.

Heridas interiores y oración de sanación

Siendo ya sacerdote conoció la Renovación Carismática “que trabaja mucho el tema de la sanación espiritual y la sanación interior”. Hablando con su madre descubrió que en su día ella había querido abortarle, y de hecho lo intentó. “Pero el Señor quiso por su misericordia que eso no llegase a término”. Salvador cree que ahí se originó la herida de desamor que dañó su afectividad, que le arrojó en busca de la vía fácil de las drogas.

“El Señor viene a rescatar eso, viene a sanar los corazones. Y cuando el Señor sana el corazón, comprendes que eres hijo de Dios, eres amado de Dios. Y entonces ya solo puedes estar en Jesucristo”.

Suele ser, advierte, un proceso, algo paulatino, y que requiere de la comunidad. “Es fundamental el apoyo de los demás y las relaciones humanas. Necesito hermanos que me apoyen, y un día el Señor me concederá también hacerlo con otro hermano”.

Hoy es párroco en tres poblaciones pequeñas del interior de la carretera de Alicante, en la diócesis de Valencia. También acompaña a chicas que están en discernimiento de una posible vocación religiosa y colabora con la Renovación Carismática en oraciones de sanación, porque “el anuncio del Reino de Dios va vinculado a la imposición de las manos para sanar a los enfermos, es un mandato del Señor”.

Fuente: Catholic.net

 

 

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