Lemaitre y Einstein

Albert Einstein y el sacerdote y astrónomo George Lemaitre en un encuentro en California en 1933 – sobre el Big Bang, Lemaitre se adelantó a todos

Medio siglo sin el padre Georges Lemaître, el sacerdote y astrónomo genial que descubrió el Big Bang

Este verano se ha cumplido medio siglo desde el fallecimiento del astrónomo y sacerdote belga Georges Lemaitre, el creador de la teoría del Big Bang (aunque no con ese nombre, que era despectivo y se lo asignaron sus detractores).

En su época, algunos acusaban a Lemaitre de hacer “religión camuflada“, porque hablaba -a partir de sus cálculos matemáticos y del aspecto de las galaxias- de un universo que tuvo un inicio y se encontraba en expansión.

Años después, el descubrimiento de la “radiación de fondo” dio la razón a su postura. Lo explica Ignacio Del Villar, profesor de la Universidad Pública de Navarra, en un artículo que reproducimos por su interés.

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Hace 50 años, el 20 de junio de 1966, fallecía Georges Lemaître, el padre de la teoría del Big Bang.

Este belga tenía muy claro, con tan solo nueve años de edad, lo que quería en su vida. Por un lado deseaba bajar a Dios del cielo y llevárselo a la gente. Por otro ansiaba comprender el mundo que nos rodea. Así que decidió convertirse en científico y en sacerdote.

Cumplió a la perfección con su cometido y engrosó una gran lista de ilustres clérigos como el polaco Nicolás Copérnico, padre de la astronomía moderna por medio de su teoría heliocéntrica, los jesuitas Grimaldi y Riccioli (el primero descubrió la difracción de la luz y el segundo midió la aceleración de los cuerpos en caída libre), Nicolás Steno, uno de los fundadores de la estratigrafía y la geología moderna, el también jesuita Ruder Boscovich, un genio que desarrolló la primera descripción coherente de la teoría atómica, o el agustino George Mendel, padre de la genética.

Investigador en Cambridge
Lemaître completó en 1920 el doctorado en Física y Matemáticas con la más alta distinción. Más tarde acudió a Cambridge como estudiante investigador de Astronomía.

Su director fue Eddington, divulgador de la teoría de la relatividad en el mundo anglosajón. Después Lemaître obtuvo el doctorado en el MIT y colaboró con los famosos astrónomos Shapley y Hubble.

El universo: ¿estático o se expande?
En aquella época existía un intenso debate sobre la evolución del cosmos. En contra de la mentalidad de la época, más proclive a un universo estático, Lemaître elaboró una teoría basada en complejos cálculos matemáticos en la que presentaba un universo de simetría esférica que se expandía.

En un primer momento hubo un átomo primitivo —el huevo cósmico—, donde la fuerza de atracción superaba a la de repulsión. Después la fuerza repulsiva venció a la de atracción hasta alcanzar la etapa actual (de masa constante y cuyo tamaño no deja de crecer).

A reforzar esta idea contribuyó la demostración de que la mayoría de galaxias presentan un desplazamiento hacia el rojo en el espectro que irradian, lo que indica que el universo se agranda.

Hubble recibió durante años el honor de haber descubierto la constante de expansión, aunque recientemente se ha sabido que se le adelantó Lemaître, quien no se preocupó de reclamar la autoría. Así de humilde era su carácter.

Einstein tuvo que rectificar
Con todo, hubo que esperar mucho a que definitivamente triunfara la teoría del átomo primitivo. Einstein le dijo a Lemaître en la primera ocasión en que se encontraron: “Sus cálculos son correctos, pero su física es abominable”. Con el tiempo, el sabio alemán cambió de opinión.

En una conferencia posterior que Lemaître impartió en presencia de Einstein, este se levantó varias veces para expresar: “¡Fabuloso, fabuloso!”

Desdeñaban el Big Bang como “religioso”
En otra ocasión Lemaître fue invitado a debatir con célebres astrónomos como Milikan, Sitter y Eddington en la British Association for the Advancement of Science.

Puso la analogía de los fuegos artificiales para explicar cómo se creó el universo. Pero a los científicos no les gustó la idea. “¡No! ¡Eso no! Evoca demasiado a la Creación.” Se quejaban de que quería meter en la ciencia la Creación divina. Se había invertido la visión científico-religiosa en relación a los tiempos de Galileo.

El astrónomo británico Fred Hoyle llegó más lejos y se burló de la teoría del átomo primitivo. Le asignó el apodo de Big Bang, que traducido al español significa el gran pum.

Pero para Lemaître su teoría no tenía que ver con la religión. Considerar si el colocar ese átomo allí fue obra de Dios o de la nada era otro debate. Y sostenía: “No se puede reducir a Dios a una hipótesis científica. […] Si Dios permanece escondido no es porque no exista, sino porque no se identifica con el mundo y respeta nuestra libertad”.

La puerta abierta para los alumnos
Poco a poco Lemaître se desvinculó del debate sobre el Big Bang y se centró más en el cálculo numérico aplicado a la Astronomía. Más tarde, a este hombre alegre, que dejaba la puerta de su casa abierta para que sus alumnos usaran sus máquinas de cálculo, le diagnosticaron una leucemia.

Entonces una gran noticia alivió tan duro trance. En 1965, mientras se encontraba en el hospital, le comunicaron la noticia de que los físicos Penzias y Wilson habían descubierto una misteriosa radiación de microondas en el fondo del cielo. Era el eco de la gran explosión, algo que el propio Lemaître había predicho años atrás. Se confirmaba la teoría del Big Bang.

Lemaître solía decir: “Un hombre solo puede tener una idea brillante en su vida; lo importante es que la atrape”. Este sacerdote y científico belga, sin lugar a dudas, atrapó la suya.

(El autor, Ignacio Del Villar, es profesor de la Universidad Pública de Navarra)

 

Fuente: Religión en Libertad

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